jueves, 29 de marzo de 2018

El concepto de TAO ha regido todas las mentes

En la Escuela jónica de Mileto, en el siglo VI a.C. se llamó a concurso para determinar qué es el TAO, concepto proveniente de la muy antigua cultura védica.

Dice el Tao Te Chig: TAO está en la Profundidad5. Es el Origen de todo. Controla todo. Satura todo. Es la Luz Brillante. ¡Es lo Sutilísimo! Es la Esencia de todas las cosas! No se puede describir Su origen, pues Tao es Primordial.

Tales de Mileto dijo, el Tao es el agua. Y, en efecto, para encontrar vida y un planeta organizado se busca en él que haya agua.

Anaximandro (Mileto, Jonia; c. 610 a. C.-c. 545 a. C.).​ Consideró que el principio de todas las cosas -el TAO- (arché) es lo ápeiron, lo indefinido e ilimitado.

Es nuestra percepción del mundo a través de los sentidos la que desvirtúa la auténtica realidad unitaria del Tao, que yace latente detrás de todas las cosas. Es la mente la que nos hace ver la Naturaleza como disgregada y diversa, haciéndonos perder la noción de unidad. Para el Tao no hay dualidad, esa dualidad no existe, es una ilusión de nuestra mente. En su esencia, todo es UNO; sólo ante nuestros ojos se convierte en múltiple.  La mente juzga según juicios previos que no son reales, por cuanto dependen de la posición relativa del observador.

Esta idea también aparece expresada en el budismo cuando afirman que toda la creación es una y única, y que es la mente del hombre la que crea divisiones y ve las cosas desde un punto de vista dual y subjetivo.
La doctrina del Tao propone una forma de acción que trasciende esa dualidad.

Los grandes maestros de la Humanidad siempre han amado por igual a todos los seres, sin distinciones. Para el Tao, no hay un ser que sea más importante que otro. Somos nosotros los que, con nuestros intereses y deseos, consideramos unas cosas mejores, más agradables o más importantes que otras.
Así, nuestra conducta se guía por lo que me gusta y por lo que no me gusta; lo mío, lo de aquel; lo que quiero, lo que no quiero, lo que nos hace estar actuando continuamente fuera del Tao.

La acción inspirada en el Tao obra sin retener, no guarda para sí, no pretende atesorar, no busca enriquecerse. Porque la naturaleza del Tao es precisamente el flujo de la vida y de las cosas.
Es nuestra mente subjetiva, interesada, la que nos hace ver ganancias o pérdidas en las cosas, dolor o placer, lo que nos lleva a ponerle una intención a nuestros actos. Pero, desde el punto de vista del Tao, todo eso no es real. Parece real para nosotros por nuestra propia percepción y por nuestro enfoque parcial e interesado de la vida.

Si imaginamos al Tao como una gran matriz, comprenderemos que es por esa vacuidad. Si no fuese así, si no estuviese permanentemente vacío, no podría ser permanentemente creativo, y no podría mantener el flujo continuo de vida. Por eso, al Tao se lo considera la Madre de todos los seres.








 

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