Parece que somos objeto de una broma; somos engañados y defraudados desde el nacimiento. Y no sólo por nuestros padres, ya que ellos también son engañados.
Tenemos una mente dúctil, pero demasiado supersticiosa, y muy fácil de convencer.
No sabemos, no nos advierten, que los sentidos nos tiran datos físicos como hojarasca que no permiten ver ni interesarnos por la esencia de lo que son las cosas, de lo que hay.
Por eso Platón nos describía atados en el interior de una oscura caverna, siendo entretenidos con imágenes falsas de las cosas, y si alguno consigue soltarse, escaparse, liberarse y ver la Luz, nadie le creería lo que cuenta que en efecto existe.
Y cuanto más sumida en la oscuridad está la mente, más monstruos imaginarios concibe.

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